La hija del Adelantado

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Iba a replicar el leal Rodríguez, cuando abriéndose de par en par las puertas del gabinete, salió un hombre alto, seco, de mirada torva, vestido de negro, y que llevaba un rollo de pergaminos debajo del brazo. Era el señor Diego de Robledo, Secretario privado del Gobernador escribano de Cabildo.

El corro de fámulos maldicientes tomó repentinamente una actitud respetuosa y humilde, mientras el Secretario avanzaba con el aire entre burlón y desdeñoso de un insolente favorito.

—Hola Pérez, dijo, dirigiendo una sonrisa al paje de cámara. Parece que no te ha ido mal en el negocio de Reguera. Dícenme que te ha valido cincuenta pesos de oro. Aquí va ya despachada la concesión del repartimiento de indios. Cincuenta naborias ¡Cáspita! Pues no es mal bocado. Si quieres ser portador de tan buena nueva, acude a mi casa por los títulos, y nos entenderemos, dijo recalcando con intención en las últimas palabras.

—Y tú, Francisco, añadió volviéndose al mayordomo; puedes contar ya conque tu ahijado Becerra obtendrá su solicitud en lo del solar; ¿cuánto te ha dado?

—Una bicoca, dijo el descarado mayordomo, diez vacas y seis caballos, y una mala cadena de oro.


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