La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —¿Y qué dirá quien os oye? dijo el despensero; de mà sé decir que no he recibido un maravedà desde que estoy al servicio de Su SeñorÃa.
—Por ahà nos vamos, hijo, añadió el caballerizo; pues yo no sé todavÃa ni lo que gano.
—Pues medrados estamos, dijo uno de los pajes. Si vosotros no recibÃs vuestro salario, ¿qué se hace del oro del Adelantado? En cuanto a mà y a mis compañeros aquà presentes, esperamos el ajuste de nuestras cuentas para el dÃa del juicio.
—¡Gente desleal! y exclamó con impaciencia el viejo RodrÃguez; ¿de qué os quejáis? ¿No tenéis en la casa cuanto habéis menester? Si no recibimos nuestros salarios puntualmente, se nos pagarán algún dÃa; y sin eso, harto pagados estamos con servir a tan buen Señor, amén de los gajes que a muchos de vosotros les proporcionan sus oficios. Además, el Adelantado es agradecido, y nos irá dando empleos lucrativos; si no, ahà tenéis al señor Diego de Robledo, que de simple criado suyo, ha venido a ser todo un escribano de Cabildo, gracia que le alcanzó don Pedro con el Secretario Samano en este último viaje a la corte.
—¡Oh! Robledo, dijo el mayordomo; ese es de la tetilla del amo; es el archivo de sus secretos; y como sabe tantas cosas, conviene que tenga una buena tajada en la boca para que no hable.