La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —Pues supones muy mal, replicó el viejo. Eso de condenar a un hombre como Ronquillo, no se hace tan asà nomás.
—Pero el Licenciado de la Cueva, dijo el paje, y el Tesorero real son hombres de ciencia y de conciencia.
—Lo primero concedo, contestó RodrÃguez; lo segundo distingo, como decÃamos en Salamanca. Si se trata de algún negocio en que no tenga interés, el licenciado hablara como un Papa; pero si hay gato encerrado, citará las Pandectas y el Fuero Juzgo y se saldrá con la suya. En cuanto a Castellanos, lo tengo, Dios me lo perdone, por gente non sancta, aun cuando sea más sabio que el Marqués de Villena.
—Pero siendo, como es, observó GarcÃa Ortiz, conocido el afecto que el Adelantado, nuestro amo, profesa a Portocarrero, no se atreverán a sentenciar contra él.
—¿Y si se atreven dijo RodrÃguez? ¿No se atrevió Sancho de Baraona a poner demanda al Adelantado mismo ante el juez Maldonado, sobre el pueblo de Atitán que le quitó y no lo condenó el susodicho juez a pagar al querellante no sé qué cantidad de pesos?
—Que por cierto hasta ahora no ha pagado, dijo el mayordomo; como tampoco me ha satisfecho a mà mis salarios.
—Ni a mà los mÃos; añadió el camarero mayor.