La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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Cierto que sus inmediatos servidores no recibían sus salarios, como se lo hemos oído a ellos mismos y lo atestigua el testamento que otorgó, dos años después y muerto ya don Pedro, su fiel amigo y escrupuloso fideicomisario el señor obispo Marroquín, de veneranda memoria; pero aquel descuido en hombres de la clase de Alvarado, era harto común en aquellos tiempos y aun lo ha sido en épocas más recientes, sin que deba considerarse como prueba de ánimo mezquino y de un corazón apocado. Así, don Pedro que no pagaba su servidumbre, derramaba el oro entre sus deudos y entre sus mismos criados; proporcionando a aquellos todas las superfluidades de lujo y a estos cuanto puede tender a que muestre la magnificencia del servidor, la grandeza del amo.

Nada faltaba, pues, a la hija de la princesa Jicontecal, de cuanto podía haber satisfecho los caprichos de una joven de diez y ocho años; nada, sino lo que no se compra con el oro, ni puede proporcionar el más afectuoso de los padres: la tranquilidad del corazón. Las seis indias que servían inmediatamente a doña Leonor, esclavas a pesar de las prohibiciones reales, y sus otras criadas españolas, aguardaban en una pieza inmediata las órdenes de señora, que vestida con un ligero traje de muselina blanca, concluía su minucioso tocado, auxiliada del celo inteligente de su camarera Melchora Suárez, la sobrina del mayordomo Francisco de Alvarado.


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