La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —Te lo he dicho ya, y es inútil repetirlo, decÃa doña Leonor; por más halagüeña que sea para mà la elección de un caballero como don Francisco, mi resolución es irrevocable.
—Pero Señora, contestó respetuosamente la camarera, no podéis persistir en semejante idea. Encerraros en un claustro, a los diez y ocho años, y renunciar al lisonjero porvenir que os aguarda, no puede hacerse sino por motivos muy graves. Reflexionad bien antes de decidiros; pensad, sobre todo, en la pena que eso causarÃa a vuestro ilustre padre…
—Melchora, interrumpió doña Leonor, sabes que amo y respeto a mi padre más que a nadie en este mundo, y no querrÃa, por nada de esta vida, ocasionarle la más ligera desazón. Pero no puedo, no debo dar la mano a un hombre a quien no amo. Mi único anhelo es ser esposa de Jesucristo; y desde el retiro a que me habré consagrado con la plenitud de mi voluntad, rogaré a Dios por el Adelantado y le pediré dÃa y noche favorezca sus empresas y que le haga olvidar a su desventurada hija.
—Señora, replicó la camareta, estáis aún muy joven, permitidme os lo diga, para tomar semejante partido; y debierais oÃr los consejos de vuestra familia, de vuestro padre que tanto os ama y de doña Beatriz, en quien habéis encontrado una segunda madre.
La hija del Adelantado guardó un profundo silencio, visto lo cual, prosiguió asà la camarera: