El paraíso perdido
El paraíso perdido De irisadas plumas salpicadas de oro,
El hábito ajustado para vuelos raudos, y sostiene
Por delante de su grácil paso vara argéntea.
No se aproximó sin ser oído: el Ángel fúlgido,
Antes de tenerlo cerca, su radiante faz tornó
Captándole el ruido y al instante conoció Satán
A Uriel[173], uno de los siete Arcángeles
Que, en presencia del Señor, al Trono más cercanos,
Y a sus órdenes más prestos, son sus Ojos
Y recorren todo el Cielo, o portan a la Tierra abajo
Rápidos recados, por lo húmedo o lo seco,
Mar o continente: a éste pues Satán aborda.
«Uriel, pues tú de los siete Espíritus
Ante el Trono del Señor, gloriosamente fúlgido,
Intérprete de su gran voluntad legítima,
Eres el primero en portarla por el Cielo superior
Donde toda su progenie tu embajada atiende;
Y aquí sin duda por suprema decisión
Igual honor disfrutas, visitando con frecuencia
Como Ojo Suyo esta nueva Creación.