El paraíso perdido
El paraíso perdido Un deseo indescriptible de observar y conocer
Tantas obras milagrosas, sobre todo al hombre,
Su primer deleite y objeto de favor, por quien
Todas estas obras milagrosas ha ordenado Dios,
Me trae aquí de Coros de los Ángeles,
En errancia solitaria. Dime, Serafín espléndido,
Entre todos estos Orbes luminosos dónde tiene el hombre
Su morada fija, o si morada fija no la tiene
Y vive, entre todos estos Orbes luminosos, donde quiere;
Dímelo, que pueda hallarlo y con secreto atisbo
O abierta admiración contemple yo
A quien el gran Creador ha dado mundos
Y en quien todas estas gracias ha vertido;
Y que en él y en toda cosa —cual compete—
Podamos alabar al Hacedor Universal,
Que con justicia ha arrojado los rebeldes
Al Infierno más profundo remediando el daño
Con la nueva, la feliz estirpe de los hombres,
Que mejor han de servirle: sabias son sus sendas.»
Así habló el falso fingidor, incógnito,
Pues hombre o Ángel no consiguen discernir
La hipocresía, la única maldad que marcha
Invisible, salvo sólo para Dios,