El paraíso perdido

El paraíso perdido

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Por su anuencia, en los Cielos y la Tierra.

Y aunque vele la sabiduría, a menudo duerme la sospecha

A la puerta del saber cediendo su función

A la inocencia, mientras la bondad el mal no ve

Donde males no parecen; lo que ahora a Uriel

Engatusó, aunque del Sol Regente, y tenido

Por el más sagaz Espíritu del Cielo.

Éste al mendaz Suplantador impúdico,

Honesto como era, así le dio respuesta:

«Bello Ángel, tu deseo tiende a conocer

Las Obras del Altísimo, loando así

Al magno Obrador: no lleva pues a exceso

Que conlleve tacha, y más bien merece aplauso

Cuanto más parece exceso lo que aquí te trajo

De Mansión Empírea, y en solitario,

Para ser testigo con tus propios ojos

De lo que a otros en el Cielo basta la noticia.

Pues gloriosas en efecto son sus obras,

Place conocerlas y más aún guardarlas

Para siempre en la memoria con deleite;

Mas ¿qué mente creada puede comprender

Su número, o la sabiduría infinita

Que las alumbró velando sus profundas causas?

Yo vi cuando su Palabra esta Masa informe,

Molde material del mundo este, unificó:

La Confusión oyó su voz y el ruido fiero


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