El paraíso perdido
El paraíso perdido En un lindero forestal, jugando dos cervatos;
Y allí tendido acecha, o se alza y cambia con frecuencia
Su tendida guardia, como quien escoge el puesto
Más seguro para asirlos con un salto, en cada zarpa.
Mas Adán entonces, el primero de los hombres,
A Eva, la mujer primera, así le habla
Tornándolo la nueva lengua todo oídos:
«Consorte sola y sola parte de estos gozos,
Más querida tú que todos; es seguro que el Poder
Que nos creó, y nos dio este vasto mundo,
Infinitamente bueno es y, con su bien,
Tan liberal y generoso como infinito:
Nos alzó del polvo y nos puso aquí,
En esta inmensa dicha, sin que de su mano
Nada mereciésemos u obrar podamos
Algo que él precise, quien no exige
De nosotros más servicio que cumplir
Un solo encargo, uno fácil: de los árboles
Del Paraíso que dan fruto delicioso
Y tan variado, no probar del Árbol sólo
De la Ciencia, junto al Árbol de la Vida,
Tan próxima la Muerte crece de la Vida, sea Muerte
Lo que sea, y sin duda horrible; pues bien sabes