El paraíso perdido
El paraíso perdido Que probar del Árbol Dios lo llama Muerte,
Solo signo aquí patente de obediencia nuestra
Entre tantos signos de poder y de gobierno
Que nos diera, y el dominio conferido
Sobre toda criatura que la tierra, aire, mar
Posean. No pensemos pues que es dura
Esta sola prohibición, nosotros que gozamos
Libre y ampliamente todo lo demás, y opción
Ilimitada entre múltiples deleites:
Más bien rindámosle alabanza, aclamando
Sus presentes, realizando nuestra plácida labor:
Podar, exuberantes, estas plantas y cuidar las flores,
Que si fuese fatigoso, dulce fuera junto a ti».
A lo que Eva replicó: «Oh tú, de quien
Y para quien fui hecha, carne de tu carne,
Y sin quien carezco yo de fin, mi guía
Y mi cabeza: lo que has dicho es justo y cierto.
Pues, en efecto, toda loa le debemos
Y diaria gratitud; yo sobre todo, que disfruto
Suerte aún mejor, gozándote como te gozo
Tan supremo sobre mí; en tanto tú
Consorte igual a ti no tienes dónde hallarla.
Recuerdo asidua el día aquel en que del sueño
Desperté y me hallé yaciendo reposada
Entre las flores, a la sombra, preguntándome