El paraíso perdido

El paraíso perdido

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Para conjurar combate tan horrible,

No colgara su balanza áurea[205] allá en los Cielos,

Aún visible entre el signo de Astraea y Escorpión,

Donde todo ser creado Dios pesó primero,

Con la Tierra pénsil y redonda en aire suspendida

Como tara, y calibra ahora todo evento,

Reinos y batallas. En aquélla pone dos pesadas,

El efecto de partirse y de luchar;

Asciende rauda la final y al fiel golpea;

Percibiéndolo Gabriel, así al Demonio dice:

«Satán, tu fuerza yo conozco y tú la mía,

Ninguna propia, dadas ambas: qué absurdo pues

Jactarse, si tus armas sólo pueden lo que el Cielo

Les permita, y así las mías, aunque ahora bien capaces

De pisarte como cieno: y por prueba mira arriba,

Lee tu destino en ese signo celestial

En que eres calibrado: qué trivial, qué ligero,

Si resistes». El Demonio alzó la vista y supo

Su platillo levantado: sólo eso, mas huyó

Murmurando y, con él, las sombras de la noche.


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