El paraíso perdido

El paraíso perdido

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El siglo XVII, en que vive y escribe Milton, es el siglo del racionalismo emergente. Es el siglo de Descartes, Hobbes, Locke… La religión busca racionalizarse; en Inglaterra, sobre todo, con ese platonismo de Cambridge que tanta inspiración extraerá de Descartes y con el que Milton estará en contacto durante sus años de estudio en esa universidad. La filosofía, por su parte, aún no puede o no se atreve a prescindir de Dios… aunque ha empezado a musitar lo que ya no tardará en afirmar con contundencia Laplace, que aquél es una hipótesis innecesaria. Descartes, con su «pienso luego existo», ha establecido el gran principio de la experiencia fenomenológica del mundo… sólo que en ella el mundo queda reducido a una fluctuación en la piel de la consciencia humana y se percibe ya el vértigo del subjetivismo absoluto, de que no haya un mundo ahí fuera. Descartes se recobra de ese vértigo desencadenado por la duda radical de su «Meditación Primera» reponiendo —por medio de una espuria racionalización del viejo argumento ontológico de san Anseimo— a Dios en su lugar, ahora como garante (pues no puede imaginar un dios tan malicioso que busque engañarnos) de que existe una precisa correlación entre lo que la buena razón es capaz de concebir en el interior de la mente y lo que ocurre en el exterior, en la naturaleza; esto es, el dios cartesiano certifica que existe una realidad real y que la razón humana puede conocerla.


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