El paraíso perdido
El paraíso perdido Que este potro volador sin rienda (como a Belerofonte
Un día, aunque desde atmósfera más baja)
Me desmonte y caiga a los campos de Alea[247],
A vagar allí errabundo, desolado.
La mitad aún queda por cantar, si más modesta
Y en el marco ya visible de diurna esfera.
De pie en la tierra, no arrobado sobre el polo,
Canto más a salvo con mi voz mortal, no ronca
O muda, aunque caído en malos tiempos[248],
En malos tiempos caído y malas lenguas,
En tinieblas, y cercado por entero de peligros,
Soledad. No solo, sin embargo, mientras tú
Visites cada noche mi reposo o al purpurar
El alba el este. Mi cantar gobierna todavía,
Urania, y apta audiencia halla, aunque escasa.
Pero aleja el desentono bárbaro
De Baco y sus bacantes, raza
De esa horda fiera que al bardo tracio desmembró
En Rhodope, donde peñas y forestas escucharon
El arrobo hasta que el clamor salvaje sofocole
Voz y arpa, y no pudo defender la Musa
A su hijo[249]. Así no falles tú a quien te implora,
Pues tú eres celestial: ella sólo un sueño.
Di, Diosa, qué siguió después que Rafael,