El paraíso perdido
El paraíso perdido Por el polvo de los astros. Y en la Tierra ahora
Fue la tarde séptima en Edén: el Sol
Se puso y un crepúsculo del este vino
Anunciando noche. A esa hora al Monte Santo,
Pináculo del Cielo, Trono del Imperio
Del Señor, fijado firme para siempre y recio,
La Filial Deidad llegó y se sentó
Con el gran Padre, pues también él fuera,
Invisible, sin moverse (este privilegio
La Omnipresencia tiene), y la obra decretó,
Autor y fin de toda cosa; y reposando
De la obra ahora, consagró y bendijo el Día Séptimo
Pues reposó ese día de su obra toda,
Aunque no en silencio santo: tuvo el arpa
Quehacer y no reposo, la solemne flauta
Y el dulcémele, y todo órgano de fina nota,
Y los sones todos de la cuerda o hilo de oro
Produjeron suaves tonos, mixturados con la voz,
Coral o unísona. Y en nubes el incienso
De áureos incensarios ocultaba el Monte.
La Creación cantaban y los seis días de trabajo:
“Grandes son tus obras, Jehovah, infinito
Tu poder; ¿qué idea ha de medirte, o qué lengua