El paraíso perdido
El paraíso perdido Cuya interna aparición gentil movió
A creer mi fantasía que tenía aún yo el ser
Y aún vivía: uno vino, creo, de divina forma
Y dijo: “Tu mansión te aguarda, Adán, levanta,
Oh Primero, de hombres incontables escogido
El Primer Padre; invocado por ti vengo, guía tuyo
Al Jardín del Gozo, tu morada ya dispuesta”.
Hablando así, me alzó tomándome la mano
Y por campos y corrientes, deslizándonos
Suaves sin un paso, arribamos por fin
A un monte nemoroso, de alta cima y llana,
Un circuito amplio, aislado, por soberbios árboles
Poblado, con veredas y enramadas que apocaban
Lo que de esta Tierra viera ya. A cada árbol
Abrumaban bellos frutos, que pendían tentadores
Para el ojo y me excitaron súbito apetito, ganas
De arrancarlos y comérmelos. Allí adonde iba,
Tenía ante mis ojos verdadero lo que el sueño
Simulara con viveza. Aquí de nuevo comenzara
Mi andadura, si quien me condujo
Hasta esta cima no surgiera de los árboles,
Deífica Presencia. Exultante y temeroso
A sus pies caí en adoración sumisa: