El paraíso perdido

El paraíso perdido

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Lo ignoraba; a hablar probé y hablé al instante:

Obedeció mi lengua y enseguida nominé

Las cosas que veía. “Tú Sol —dije—, bella luz,

Y tú alumbrada Tierra, tan alegre y fresca,

Montes, valles, pues vosotros, ríos, bosques, llanos,

Y vosotras vivas, pululantes, bellas criaturas:

Decidme, si sabéis, ¿dónde estoy, cómo vine?

No de mí: de algún gran Hacedor, entonces,

Preeminente en el poder y la bondad;

Decidme, ¿cómo puedo conocer, loar,

A ese de quien tengo vida y movimiento

Y por quien me siento más feliz de lo que sé.”

Así clamando, anduve sin saber adónde

Desde el sitio en que absorbí el primer aliento

Y vi mi bella luz primera, sin tener respuesta,

Y en una umbrosa riba verde, rica en flores,

Pensativo me senté. Allí gentil el sueño

Me halló por vez primera, y con blanda dictadura

Soporosos mis sentidos oprimió, sin inquietud,

Aunque creí volver a mi insensible estado

Previo, y a punto ya de disolverme.

Mas de pronto, vino a mi cabeza un sueño


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