El paraíso perdido
El paraíso perdido Tanto más deseable, o por decirlo todo,
La Natura misma, aunque pura de inmoral idea,
La movía de tal forma que al verme se tornó.
La seguí: sabía ella ya lo que es honor
Y con atenta majestad dio a mis súplicas
Su aquiescencia. Al tálamo nupcial,
Arrebolada como el alba, la guié: el cielo entero,
Las constelaciones faustas del momento,
Derramaron su mejor influjo; dio la tierra
Signo de alegría y todas las montañas;
Júbilo las aves; brisas frescas y suaves vientos
Susurraban en los bosques, y sus alas
Nos traían rosas, los aromas de fragantes matas,
Juguetonas, hasta que el pájaro amoroso de la noche[266],
Entonó el epitalamio, urgiendo al astro vespertino,
En su cima montañosa, por prender la lámpara nupcial.
He hecho así el relato de mi estado, prolongando
Esta historia mía hasta el colmo de terrestre dicha
Que disfruto, y debo confesar que encuentro