El paraíso perdido
El paraíso perdido Tal nombre, a menos que este siglo rezagado,
Frío clima o quizá los años frustren el ascenso
Que pretendo; y bien podrían, si esta obra fuese mía,
No de aquella que la trae cada noche a mis oídos.
El Sol se había puesto y tras él el astro
Héspero, que porta —tal su oficio—
El crepúsculo a la Tierra, breve árbitro
Entre el día y noche; y de fin a fin ahora
El nocturno hemisferio al horizonte curvo entunicaba.
Satán entonces, que escapara hacía poco
De Gabriel, amenazante, partiendo del Edén,
Tras ahondar en la malicia y fraude, obcecado
En la destrucción del hombre, a pesar
De lo que en él pudiera recaer, volvió sin miedo.
De noche huyó y a medianoche retornó
Tras rodear la Tierra, frente al día cauteloso,
Pues Uriel, del Sol Regente, percibió
Su entrada y advirtió a los Querubines
Que montaban guardia; de allí expelido
Con zozobra, siete noches sucesivas cabalgó
La oscuridad, tres veces la línea equinoccial
Circunvaló, cuatro cruza el carro de la Noche,