El paraíso perdido
El paraíso perdido El regazo de la tierra más suave, el más fresco.
Allí de amores se saciaron, de amorosos
Pasatiempos, que eran sello de su culpa mutua,
El solaz de su pecado, hasta que un sueño aljofarado
Los venció, cansados como estaban de sus juegos.
Enseguida que la fuerza del tramposo fruto
—De vapor sensual y enardeciente, que jugara
Con sus mentes e íntimos poderes confundiese—
Fue exhalada, y que un sopor grosero
Fruto de nefastos humos, los hubiese importunado
Con conscientes sueños, ambos emergieron
Como de un desvelo y, mirándose uno a otro,
Pronto vieron cuán abiertos ojos, cuán oscuras
Mentes consiguieran; la inocencia, que cual velo
Los había protegido de saber del mal, faltaba;
La confianza justa, la virtud innata,
El honor que los vistió, en desnudez los olvidaron
De culpable obscenidad: él se cubrió, quedando
Más desnudo todavía. Así se alzó el danita fuerte,
El Sansón hercúleo, del seno meretricio
De Dalila, filistea, despertándose esquilado
De su fuerza[285]: éstos, despojados y pelados