El paraÃso perdido
El paraÃso perdido Hombre como juez del hombre despeñado».
Asà habló el Padre y desplegando fúlgida
Su gloria hacia la diestra, en el Hijo
La Deidad brilló sin velos: éste, en plenitud
De resplandor, a todo el Padre expresa
Manifiesto y divinamente dice dulce:
«Padre Eterno, tú eres quien decreta;
Yo, en el Cielo o Tierra, tu suprema voluntad
Realizo, por que tú en mÃ, tu Hijo bien amado,
Estés por siempre complacido. Iré a juzgar
Allà en la Tierra a estos pecadores; pero sabes tú
Que, sea el juez quien sea, lo peor en mà caerá
Cuando llegue el tiempo; tal mi compromiso
En tu presencia y —pues no he de arrepentirme—
Esto puedo por derecho: mitigarles su condena
Derivada en mÃ; asÃ, de tal manera templaré
Justicia con merced, que queden ambas
Satisfechas, plenamente, y tú aplacado.
Séquito o escolta no hacen falta, donde nadie
Al juicio asistirá, excepto los juzgados,
Esos dos; mejor ausente, el tercero es condenado
Y convicto por huida, a toda ley rebelde:
Pues proceso la Serpiente no merece»[287].
Dicho esto, del sitial radiante se levanta