El paraíso perdido
El paraíso perdido De la gloria magna compartida; Tronos y Poderes,
Principados y Dominios ministrantes,
Lo acompañan al Portal del Cielo, desde donde
Edén y todo el territorio circundante se contemplan.
Repentino descendió, pues la premura de los Dioses
No la mide el tiempo ni con rápidos, alígeros momentos.
El Sol estaba ahora bajo en occidente
Y gentiles brisas, esperables a esta hora,
Despertaban a orear la Tierra, precediendo
Al fresco lubricán, cuando desde frío más vehemente
Él llegó cual manso juez, también intercesor,
Por sentenciar al hombre. La voz de Dios oyeron
Caminando ahora en el Jardín, que suaves vientos
Les portaban al oído, mientras declinaba el día.
La oyeron y de su presencia se ocultaron
En lo denso de los árboles, el hombre y la mujer,
Hasta que Dios aproximándose, a Adán llamó potente:
«¿Dónde estás, Adán, que usabas recibirme