El paraíso perdido
El paraíso perdido Lo espiaban al pasar. Éstas fueron, exteriores,
Las crecientes aflicciones, que vio Adán,
Ya en parte, aunque ocultas en tremenda sombra,
Él, librado a la tristeza, más doliente adentro,
En un mar sumido de pasiones tormentoso.
Y así aliviarse intenta con triste queja:
«¡Qué miseria tras la dicha! ¿Es éste el fin
Del nuevo mundo tan glorioso, y mío, hace poco
Gloria de esa gloria, que maldito ahora
Tras ventura tanta, de la faz me escondo
Del Señor, al que antes contemplar fue colmo
De alegría? Mas bien, si aquí acabase
La miseria; la merezco y he de soportar
Lo merecido, pero nada acaba aquí:
Todo lo que como o bebo, o pueda concebir
Es propagada maldición. ¡Oh voz oída otrora
Con deleite —“Creced, multiplicaos”—
Que ahora es muerte oír! Pues ¿qué puedo incrementar,
Multiplicar, sino anatemas sobre mí?
¿Quién, en todas las edades por venir, sintiendo
Las desgracias que causé, no maldecirá
Mi testa: “¡Mal haya nuestro ancestro impuro,