El paraíso perdido

El paraíso perdido

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No añadió a lo dicho y de ella se apartó, mas Eva

No por ello resentida, con sollozo interminable,

La melena enmarañada, a sus pies

Cayó sumisa y, abrazándolos, buscó

Conciliación, diciendo así entre lloros:

«No te apartes de este modo, Adán; testigo el Cielo

Del amor sincero y reverencia que mi corazón

Te tiene, de que inconsciente te he ofendido,

Engañada infelizmente. Suplicante tuya,

Yo te ruego, te abrazo las rodillas: no me niegues

Eso de que vivo, tu mirar gentil, tu ayuda,

Tu consejo, en ésta la mayor desdicha,

Tú, mi solo apoyo y fuerza; pues de ti privada

¿Qué he de hacer de mí?, ¿cómo subsistir?

Mientras aún vivamos, una corta hora acaso,

Haya paz entre los dos, reuniendo ambos

—Como unidos en agravio— sola enemistad

Contra el adversario impuesto por el hado,

La Serpiente cruel. No viertas, pues, en mí

Tu encono por la desventura acontecida,

En mí, perdida ya, más miserable aún que tú,

Pues, si los dos pecamos, tú lo has hecho

Sólo contra Dios; yo contra Dios y contra ti,

Y al lugar del juicio volveré, a importunar


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