El paraíso perdido
El paraíso perdido Ya lo expulsan, maculado, y se purgan de él
Cual cosa enferma, burdo al aire burdo
Y el mortal sustento, más conforme
A su extinción por el pecado, que primero
Enfermó ese mundo, corrompiendo lo incorrupto.
Yo, al principio, dos hermosos dones
Al crearlo puse en él, felicidad
Y vida imperecible: disipada aquélla,
Ésta otra serviría sólo a eternizar el daño,
Hasta que la muerte le enviara. Así es la muerte
Su postrer remedio, y tras una vida atribulado
Por severas ordalías, acrisolado por la fe
Y las obras de la fe, a Segunda Vida
Despertado en la renovación del justo
—Cielo y Tierra renacidos—, a él renuncia en favor mío.
Mas al Sínodo llamemos ya a los Santos
Del entero Empíreo: no les velaré
Mis veredictos, cómo con la humanidad procedo
Como vieron que lo hice con los Ángeles indignos;
Y quedaron, aunque firmes, aún más confirmados».
Terminó, y el Hijo dio señal ilustre
Al ministro fúlgido de guardia, que sopló
Su pífano, escuchado luego en el Horeb, acaso,