El paraíso perdido
El paraíso perdido Cuando descendió el Señor y acaso nuevamente
Sonará llamando al Juicio Último[330]. El toque angélico
Inunda todas las regiones. De benditas frondas,
De sus sombras amaranto, fuentes, manantiales,
Aguas de la vida, desde allí donde se hallaban,
En gozosas compañías, los Hijos de la Luz
Veloces acudieron a la magna citación,
Tomando asiento allí. Desde el supremo Trono entonces
El Omnipotente expuso así su soberana voluntad:
«Oh Hijos, cual nosotros ha llegado el hombre
A conocer el Bien y el Mal[331], pues ha probado
Del prohibido fruto; que alardée, si quiere,
De saber del Bien perdido, del ganado Mal,
Pues fuera más feliz bastándole saber
Del Bien en sí, del Mal en absoluto.
Ya se atrista, se arrepiente y contrito reza,
Tal le inspiro, mas por mucho que se duela
Yo su corazón conozco, qué voluble y vano
Si a sí mismo abandonado. Por que más audaz ahora
No codicie así también del Árbol de la Vida y coma,
Y viva para siempre, o que vive para siempre
Sueñe al menos, yo decreto desterrarlo,
Expulsarlo del Jardín a cultivar la tierra