El paraíso perdido
El paraíso perdido Inviste su andadura; pero no es temible
Que haya de asustarme, ni tampoco cálido
Cual Rafael, que deba confiarme mucho:
Es sublime y grave y, para no ofenderlo,
Reverente debo recibirlo; tú retírate».
Aquí se tuvo; y el Arcángel pronto estuvo cerca,
No en su forma celestial, sino cual hombre guarnecido
Para trato humano; sobre la armadura refulgente,
Su gonela militar de púrpura fluida le caía
Más brillante que la melibea, o la púrpura[341]
De Sarra, que llevaron reyes, héroes en lo antiguo,
En las épocas de tregua; Iris[342] misma la tiñera.
Su yelmo astral deshebiliado lo mostraba joven,
En la cima de su lozanía; a un costado,
Como en fúlgido zodiaco, la espada[343] le pendía,
El terror de Satanás, y portaba lanza en mano.
Se inclinó Adán sumiso; regio el otro, obvió
La reverencia, declarando así su cometido:
«Adán, mandato celestial no exige prólogo:
Baste pues que tus plegarias son oídas y la Muerte,