El paraíso perdido
El paraíso perdido Y, cayendo al suelo en torbellino, todo engullirá a su paso.
Lo que no engulla, hierba, fruto o grano,
Una nube oscura de langostas bien tupida bajará
A devorarlo, no dejando nada verde en ese suelo:
La tiniebla enlosará todos sus confines,
La palpable oscuridad, y extinguirá tres días.
Al final, con aldabazo a medianoche, todo primogénito
De Egipto muerto yace. Y así, con diez heridas
El Dragón Fluvial[375], por fin domado, se resigna
A liberar al pueblo peregrino, y una y otra vez
Su terco corazón humilla, que cual hielo
Más se endura tras fundirse; hasta que rabioso,
Persiguiendo a los que echara, se lo trague
El mar con sus legiones, mientras cruzan los viajeros
Cual por suelo seco, entre muros de cristal
Medrosos por la vara de Moisés, que los tiene
Divididos, hasta tocar sus libertados la otra orilla.
Tal poder magnífico dará a su santo Dios,
Aunque presente en su Ángel él, que precederá
Al pueblo como nube y cual pilar de fuego
—De día nube, mas pilar de fuego por la noche—