El paraíso perdido
El paraíso perdido Templo en la insultante loma, construido
Por aquel uxorio Rey[80] que, aunque de alma vasta,
Embelesado por idólatras hermosas, se hincó
Ante ídolos inmundos. La seguía Tamuz,
Cuya herida estacional en Líbano tentaba
A las mozas sirias a llorar por su destino
Con tiernas cancioncillas, todo un día de verano,
Mientras el sereno Adonis desde su nativa roca
Púrpura corría al mar, teñido —se decía— de la sangre
De Tamuz, anual herido: el cuento amoroso
Infectó con similar delirio a las hijas de Sión,
Cuyas lúbricas pasiones en el Porche santo
Vio Ezequiel, arrebatado en sus visiones,
Cuando su mirada sondeó las lúgubres idolatrías
De Judá enajenado[81]. Luego vino uno
Que lloró de veras, cuando el Arca prisionera
Mutiló su imagen bruta, manos y cabeza le arrancó
En su propio templo, en el mismo umbral,
Donde se desmoronó, abochornando a sus devotos:
Dagon es su nombre, monstruo acuático, hombre arriba,