Paraiso perdido

Paraiso perdido

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Pero antes piensa cómo transformar su aspecto,

Que podría acarrearle riesgo, o bien demora.

Y ahora cual neófito Querube se presenta

Y, en vez de adulto, tal cual si en su rostro

Juventud celeste sonriese, y a cada miembro

Apropiada gracia infunde: tan bien finge.

Bajo su diadema el cabello vaporoso

En las dos mejillas juega, alas porta

De irisadas plumas salpicadas de oro,

El hábito ajustado para vuelos raudos, y sostiene

Por delante de su grácil paso vara argéntea.

No se aproximó sin ser oído: el Ángel fúlgido,

Antes de tenerlo cerca, su radiante faz tornó

Captándole el ruido y al instante conoció Satán

A Uriel[173], uno de los siete Arcángeles

Que, en presencia del Señor, al Trono más cercanos,

Y a sus órdenes más prestos, son sus Ojos

Y recorren todo el Cielo, o portan a la Tierra abajo

Rápidos recados, por lo húmedo o lo seco,

Mar o continente: a éste pues Satán aborda.

«Uriel, pues tú de los siete Espíritus


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