Paraiso perdido
Paraiso perdido Allí Uriel acude, deslizándose por el crepúsculo
En un rayo de Sol, raudo cual fugaz estrella
Que la noche cruza del otoño, cuando ígneos vahos
En el aire pesan, y le muestra al navegante
De qué punto del compás cuidarse
De los vientos bravos. Con premura pues aquél empieza:
«Gabriel, tu sino a ti te otorga la misión
Y estricto cargo de que en este sitio afortunado
Nada malo pueda entrar o aproximarse;
En el apogeo de este mediodía, llegó a mi esfera
Un Espíritu con celo, parecía, de saber más
De las obras del Altísimo, y sobre todo el hombre,
Última imagen del Señor: le describí su ruta,
Presurosa, y observé su curso aéreo;
Mas en el monte situado al norte del Edén,
Donde primero se posó, enseguida le noté miradas
Que, al Cielo extrañas, enturbiaba sórdida pasión.
Mis ojos lo siguieron todavía; en las sombras