Paraiso perdido
Paraiso perdido Él llamó tan fuerte que toda hueca hondura
Del Infierno resonó: «Príncipes y Potestades
Y guerreros, flor del Cielo, antes vuestra, disipada ahora,
Si es que aturdimiento semejante puede anonadar
A Espíritus Eternos: ¿o habéis parado aquí,
Tras el tesón de la batalla, a dar reposo
A la virtud cansada por lo calmo del lugar,
Dormitando como en valles del Empíreo?
¿O en esta abyecta pose habéis jurado
Adorar al Vencedor, que ahora contempla
Querube y Serafín a la deriva en la corriente
Con las armas y estandartes esparcidos,
Hasta que sus raudos batidores a las Puertas de los Cielos
Noten la ventaja y desciendan a humillarnos,
Así desfallecidos, o con rayos sucesivos
Nos transfijen, arrojándonos al fondo de este Abismo?
¡Despertad, en pie, o quedad postrados para siempre!».
Lo oyeron ellos y, azorados, levantaron al instante
El vuelo, como hombres que, hechos a velar