Paraiso perdido
Paraiso perdido Era la gentil Damasco, en las fértiles riberas
Del Abana y el Farfar, de límpida corriente.
También se mofaría éste de la casa del Señor:
Perdió un leproso un día y ganó un Monarca.
Acaz, estúpido, lo conquistó; y embaucado por aquél
Menospreció el altar de Dios y lo trocó
Por uno al sirio estilo, donde hacer arder
Sus ofrendas execrables y adorar a dioses
Que había derrotado[83]. Luego apareció
Una turba que, gastando nombres de añeja fama,
Osiris, Isis, Horus y su séquito,
Con monstruosas formas y hechizos, incitó
Al fanático Egipto y a sus sacerdotes a buscar
Sus errantes dioses en imágenes brutescas
Más que de hombres. No escapó Israel
A la infección, que con prestado oro se forjó
El Becerro del Horeb: y el rey rebelde
Duplicó el pecado en Betel y en Dan,
Equiparando su Hacedor al buey pacente,
Jehová, que en una sola noche al salir
De Egipto desfilando, igualó de un golpe