Paraiso perdido
Paraiso perdido De Dalila, filistea, despertándose esquilado
De su fuerza[285]: éstos, despojados y pelados
De aquéllas sus virtudes. Silenciosos y turbados,
Largo rato inmóviles quedaron, como mudos,
Hasta que Adán, no menos azorado que Eva,
Dio por fin salida a constreñida verba:
«Oh Eva, en hora mala le prestaste oído
A ese falso verme, sea de quien sea que aprendiera
A remedar la voz del hombre, franco para hundirnos,
Falso en el jurado ascenso; pues los ojos descubrimos
Bien abiertos, cierto, y descubrimos que de Bien
Y Mal sabemos: Bien perdido, Mal ganado,
Pobre fruto de sapiencia, si esto es conocer,
Dejándonos así desnudos, de honra exentos,
De inocencia, fe, pureza, nuestros familiares
Ornamentos, ahora deslucidos, mancillados,
Y con signos evidentes en el rostro,
De vil concupiscencia, fuente de incontables males,
Aun vergüenza, de los males el postrero; del primero