Paraiso perdido
Paraiso perdido Por sentenciar al hombre. La voz de Dios oyeron
Caminando ahora en el Jardín, que suaves vientos
Les portaban al oído, mientras declinaba el día.
La oyeron y de su presencia se ocultaron
En lo denso de los árboles, el hombre y la mujer,
Hasta que Dios aproximándose, a Adán llamó potente:
«¿Dónde estás, Adán, que usabas recibirme
Con deleite viéndome llegar de lejos? No te veo
Y me disgusta, saludado así con soledad,
Donde antes sin pedirlo se mostraba tu deber.
¿O es que te resulto menos perceptible, o qué cambio
Te retiene, o te demora algún albur? Ven ya».
Se mostró él, y con él Eva, más reacia aunque primera
En ofender, perplejos ambos, descompuestos.
Amor no había en sus miradas, ni a Dios
Ni de uno a otro, sino culpa manifiesta,
Más vergüenza, turbación y desespero,