Paraiso perdido
Paraiso perdido Nuestros miembros arrecidos, antes que el diurno astro
A la noche deje fría; su haz de rayos reflejados
Cavilemos qué materia seca puede fomentar
O si por colisión de dos objetos extraeremos
Fuego del frotado aire, como vemos que las nubes
Peleonas, o azuzadas por los vientos, rudas al chocar,
Prenden rayo al sesgo, cuya oblicua llama cae
E inflama la corteza resinosa del abeto o pino
Irradiando desde lejos confortable calidez
Que puede al Sol suplir. En cómo usar tal fuego,
Y qué otra cosa nos será remedio o cura
Para males despertados por la infamia nuestra,
Él nos instruirá, rezando, implorando
Su merced. No existen, pues, razones de temer:
Tranquila pasaremos esta vida, sostenidos
Por su amor con muchos bienes, hasta terminar
En polvo, nuestro último reposo y natal morada.
Qué mejor conducta que, volviendo al sitio
Donde él nos enjuició, caer postrados,
Reverentes ante él y confesar ahí mismo humildes