Paraiso perdido

Paraiso perdido

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No hubieran ofuscado el día aquel de Adán los ojos.

No tan gloriosa aquélla, cuando Ángeles halló

Jacob en Mahanaim, donde vio los pabellones

De la Guardia fúlgida cubrir el campo[339];

Ni aquélla otra acontecida en el monte ardiente

De Dotán, colmado de un ejército de fuego

Contra el rey de Siria, quien por sorprender

A un hombre, cual sicario provocó la guerra,

Guerra indeclarada[340]. El Jerarca principesco,

Allí en su loma, permitió tomar a su milicia

Posesión de aquel Jardín; mas él sin compañía

En busca fue de Adán, a donde estaba cobijado,

Quien al ver aproximarse al magno Visitante,

Señalándoselo a Eva, así le habló:

«Aguarda, ay, ahora grandes nuevas, que quizá

Dispongan de nosotros pronto, o nos impongan

Nuevas leyes que observar; pues ya distingo

En aquella nube fúlgida que vela el monte

A uno de la hueste celestial y, por su porte,

No de los menores: Potentado grande se diría,


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