Paraiso perdido
Paraiso perdido Se inclinó Adán sumiso; regio el otro, obvió
La reverencia, declarando así su cometido:
«Adán, mandato celestial no exige prólogo:
Baste pues que tus plegarias son oídas y la Muerte,
Por sentencia merecida al transgredir,
Hurtada es de su presa muchos días,
Para ti de gracia, en que podrás arrepentirte
Y una mala acción cubrir con múltiple bondad.
Bien puede que, aplacado Dios entonces,
Del voraz imperativo de la Muerte te redima;
Mas que sigas habitando en este Paraíso
No lo acepta. He venido a desterrarte,
Y expulsarte del Jardín a cultivar la tierra
De que fuiste tú formado, suelo más acorde».
Nada ya añadió, pues, al oír Adán las nuevas,
Golpeado el corazón por gélida tristeza,
Desmayó; mas Eva, que entre tanto oculta
Todo oyera, con lamento perceptible,
Reveló enseguida el lugar de su retiro.
«¡Ay golpe inesperado, aún peor que Muerte!
¿Deberé dejarte así, oh Paraíso?, ¿así dejarte,