Paraiso perdido
Paraiso perdido Suelo natalicio, sombras y veredas venturosas,
Dignas de los Dioses, donde quise ver pasar,
Tranquila, aunque triste, el respiro hasta ese día
Que será mortal para los dos? Oh flores,
Que ya nunca creceréis en otro clima,
Vuestro era mi primer saludo, el adiós postrero
De la tarde; flores que cuidaba con ternura
Desde su primer capullo, y les daba nombres,
¿Quién al Sol ha de criaros, u orientar
Vuestras tribus, o regaros de la fuente de ambrosía?
Tú, por fin, nupcial cobijo, que adorné
Con todas las dulzuras de la vista y el olor,
¿Cómo abandonarte, dónde descender,
A qué submundo, bárbaro tras éste
Y tenebroso, cómo respirar en aires menos puros,
Hechos como estamos a inmortales frutos?»
Lo que el Ángel tierno interrumpió:
«No te lamentes, Eva, y paciente entrega
Lo que pierdes justamente; aparta el corazón,
Así apegado, de lo que no es tuyo;
Tu partida no es en soledad, tu consorte
Va contigo, cuyos pasos debes tú seguir: