Paraiso perdido
Paraiso perdido Hay carnaje en ambos lados, y titánicas proezas.
En otra parte, heraldos encetrados llaman
Al consejo a las puertas de la urbe: al instante,
Hombres graves, grises sus cabezas, con guerreros
Se reúnen, se oyen las arengas, pero pronto
Se dividen en facciosa oposición; por fin,
De edad mediada, uno se levanta[367], eminente
En sabio porte, y habla mucho de lo recto y falso,
De justicia, religión, de la verdad, la paz
Y el juicio de lo Alto; jóvenes y viejos
Lo abuchean y prenderlo quieren con violencia,
Cuando una nube que desciende lo arrebata,
Ocultándolo a la turba. La violencia así
Prosigue, la opresión, la ley de los aceros
Inundando el llano, sin refugio adonde huir.
Adán lloraba inconsolable y a su guía
Se tornó, tristísimo el lamento: «¿Qué son éstos?
Hombres no, ministros de la Muerte, que la llevan
Inhumanamente al hombre y multiplican
Por diez mil la transgresión del homicida
De su hermano. Pues ¿a quién masacran ésos