Paraiso perdido
Paraiso perdido Destruido todo su verdor, los árboles a la deriva,
Bajará el gran río a la expansión del estuario,
Arraigando allí, salina ínsula arrasada y sola,
Coto de orcas, focas y chirrido de gaviotas.
Entiende, pues, que para Dios ningún lugar
Posee por sí mismo santidad, a menos que la lleven
Hombres que lo habiten, o a menudo lo visiten.
Y ahora lo que luego seguirá contempla».
Miró y pudo ver el casco del bajel en el diluvio,
Que cesaba poco a poco, pues las nubes se esfumaran,
Impelidas por cortante bóreas que, soplando seco,
Arrugaba el rostro de las aguas, que menguaban;
Y el Sol ardiente en su vasto espejo se miraba,
Líquido, sorbiendo mucho de las frescas olas,
Cual sediento, lo que la corriente reducía
De invariable lago a raudo remolino, que ligero