Semana Santa
Semana Santa Y un abuelo nuestro entra despacito en su casona. Le reciben las hijas, que todavía traen las joyas y galas rancias de los Oficios, porque, acabada la comida, han de salir a visitar los Monumentos con el hidalgo. Le toman el Eucologio grande, de piel, el eminente sombrero de castor, la caña de Indias… ¿ Qué tiene el padre? Le ven en la frente un hondo pliegue de cavilación, y su faz gruesa, rasurada y pálida, denota un agravio grandísimo. ¿ Qué le pasa al padre? El caballero se derrumba en una butaca que parece vestida de sobrepellices recién planchadas. No puede contenerse, y exclama:
— ¡Ya no queda crianza ni piedad en el mundo! ¡Hoy, Jueves Santo, y un labrador fumaba y se reía con otro en medio de la calle! Yo lo he visto: en la calle de San Bartolomé… ¿No pensáis en lo que se apenaría vuestra madre, si viviese?
Las hijas piensan en la madre, que estaba hoy tan hermosa, con el traje negro brochado y las alhajas arcaicas que ahora llevan las huérfanas en sus senos de virgen y en sus pulsos y dedos de cera.

… Nuestras pisadas parece que resuenan en las losas venerables de Jerusalén.
El señor obispo y su cortejo salen del Lavatorio. Rebullen felpas, sedas, blondas; se estremecen muchos párpados, esperando la gracia de la bendición, y el sol se quiebra en la amatista del prelado.