Semana Santa

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NOTA PRELIMINAR

Fruto de tierra de palmeras, la prosa de Gabriel Miró, dispuesta en prietos y estilizados racimos, tiene una densidad que sobrecoge y un peso que rinde al desprevenido. Cada palabra es un dátil que rezuma dulzura. Su hinchada pulpa se deshace en melosas hilazas de una pastosidad camal, cuya emoliente madurez llega hasta derretir el hueso mismo. ¡Deliciosa sensación de gusto extremo, cuando introducimos en nuestro paladar literario —sensiblemente estragado ya— un fruto de esos!

Cada dátil viene pegado al racimo entero. La masa está como fundida. Su misma descomposición hace imposible descomponerla. Esta prosa tan lentamente fermentada ha disuelto sus propios ingredientes verbales. Es toda ella un arrope. El goloso que se acerca a probarla, en vano intentará asirla tan sólo con la punta de la lengua. Cuando se coge una de sus moléculas, siguen todas las demás. Y el catador se queda materialmente pringado de literatura Fruto de tierra de palmeras, y a orillas del Mediterráneo. Parece mentira tanta dulzura junto al mar salobre. No hay ni una sola partícula árida o acre en este estilo literario. La incorruptibilidad la alcanza tan sólo a fuerza de su propio azúcar, como los jarabes y las confituras monjiles.


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