Semana Santa

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No vayáis nunca al fondo de esta literatura. Es una literatura que carece de fondo. Es pura forma. Su fondo, en todo caso, es completamente formal. Las ideas del autor están en sus palabras, son sus mimas palabras. Una vez fundidas éstas en la boca de quien las saborea, no queda ni rastro de ellas. Son como

fruités que’s fonen

dins la boca fresca,

plena de rialles,

de la joventut.

Aunque la boca, religiosamente ungida, de Gabriel Miró, ni era juvenil ni estaba llena de carcajadas frescas, como la evocada en los cuatro versos de Juan Alcover, el cantor patriarcal de la sierra mallorquina. Los labios de Gabriel Miró eran graves, finos y sensuales. Las palabras, al pasar rozando entre ellos, les imprimían un místico temblor. Cada forma verbal era para Miró como una Forma consagrada, en la que iba escondido, presente e invisible, el Dios vivo de toda poesía. Por eso el escritor manejaba el idioma con profundo recogimiento litúrgico, y sus escrúpulos eran infinitos, y sus precauciones, ingentes. Escribir una novela, para él representaba algo así como administrar la comunión a una incalculable muchedumbre de fieles en literatura. Un ministerio pavoroso, agotador e inefable.


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