El Avaro
El Avaro VALERIO.— ¡Tocarla yo! ¡Ah!, la ofendéis, e igualmente a mÃ. Y la pasión que por ella siento es muy pura y muy respetuosa.
HARPAGÓN.— Aparte: ¡Que siente pasión por mi arquilla!
VALERIO.— PreferirÃa morir antes que dedicarle un pensamiento ofensivo: es ella demasiado digna y no menos honesta para eso.
HARPAGÓN.— Aparte: ¡Qué mi arquilla es demasiado honesta!
VALERIO.— Todos mis deseos se han reducido a gozar de su contemplación, y nada que sea criminal ha profanado la pasión que sus bellos ojos me han inspirado.
HARPAGÓN.— ¡Los bellos ojos de mi arquilla! Habla de ella como un enamorado de su amada.
VALERIO.— Doña Claudia, señor, sabe la verdad de esta aventura, y ella puede atestiguar…
HARPAGÓN.— ¡Cómo! ¿Mi sirvienta es cómplice del negocio?
VALERIO.— SÃ, señor; ha sido testigo de nuestro compromiso, y sólo después de conocer la honestidad de mi pasión me ha ayudado a convencer a vuestra hija de que me entregase su palabra y de que aceptara la mÃa.
HARPAGÓN.— Aparte: ¡Eh! ¿Es que el miedo a la Justicia le hace desvariar?