El Avaro
El Avaro ANSELMO.— ¿Qué pasa, señor Harpagón? Os veo todo emocionado.
HARPAGÓN.— ¡Ah, señor Anselmo! Soy el más desventurado de los hombres, ¡y he aquà un trastorno y un desorden grande para el contrato que venÃa a formalizar! Me asesinan en mi fortuna y en mi honor, y aquà tenéis un traidor, un malvado, que, violando los sagrados derechos, se ha introducido en mi casa bajo el tÃtulo de criado para robarme mi dinero y seducir a mi hija.
VALERIO.— ¡Quién piensa en vuestro dinero, con el que me estáis haciendo un embrollo!
HARPAGÓN.— SÃ; se han dado uno a otro promesa de casamiento. Esta afrenta os concierne, señor Anselmo, y sois vos quien debéis alzaros contra él y utilizar todas las persecuciones de la Justicia para vengaros de su insolencia.
ANSELMO.— No es mi deseo hacer que se case conmigo a la fuerza. No solicitar nada de un corazón que se ha entregado ya; mas, en cuanto a vuestros intereses, estoy dispuesto a defenderlos como si fueran mÃos.
HARPAGÓN.— Aquà tenéis al señor, que es un honrado comisario y que no olvidará nada, según me ha dicho, en las funciones de su cargo.
