El Avaro

El Avaro

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VALERIO.— Sí; más sabed, para confundiros, a mi vez, que su hijo, de siete años de edad, fue salvado, en unión de un criado, de ese naufragio, por un navío español, y que este hijo salvado es el que os habla. Sabed también que el capitán de ese navío, conmovido ante mi suerte, me consagró su amistad, me hizo educar como su propio hijo, y que las armas fueron mi ocupación en cuanto estuve en aptitud de ello; que he sabido hace poco que mi padre no había muerto, como yo creí siempre; que, al pasar por aquí para ir en su busca, una aventura, concertada por el Cielo, me hizo ver a la encantadora Elisa; que este encuentro me hizo esclavo de sus bellezas y que la violencia de mi amor y las severidades de su padre me hicieron tomar la resolución de introducirme en su casa y de enviar a otro en busca de mi padre.

ANSELMO.— Mas ¿qué nuevas pruebas aparte de vuestras palabras, pueden garantizarnos de que no sea ésta acaso una fábula que hayáis edificado sobre una verdad?

VALERIO.— El capitán español; un sello de rubíes, que era de mi padre; un brazalete de ágata, que mi madre me había puesto en el brazo, y el viejo Pedro, ese criado que se salvó conmigo del naufragio.

MARIANA.— ¡Ah! Puedo responder aquí de vuestras palabras, yo, a quien no engañáis, y todo cuanto decís me hace saber claramente que sois mi hermano.


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