El Avaro
El Avaro (Harpagón ve que están encendidas dos velas y apaga una).
ANSELMO.— Por favor, dejadle hablar; veremos lo que quiere decir.
VALERIO.— Quiero decir que él fue quien me dio la vida.
ANSELMO.— ¡Él!
VALERIO.— SÃ.
ANSELMO.— Vamos, bromeáis. Buscad otro cuento que pueda resultaros mejor y no pretendáis salvaros con esa impostura.
VALERIO.— Cuidad vuestras palabras. No es ninguna impostura, y no anticipo nada que no me sea fácil justificar.
ANSELMO.— ¿Cómo? ¿Os atrevéis a llamaros hijo de don Tomás de Alburci?
VALERIO.— SÃ; me atrevo a ello, y estoy dispuesto a sostener esta verdad ante quien sea.
ANSELMO.— ¡Maravillosa osadÃa! Sabed, para confusión vuestra, que hace dieciséis años, cuando menos, el hombre de quien nos habláis pereció en el mar con sus hijos y su esposa al querer salvar sus vidas de las persecuciones que acompañaron las revueltas de Nápoles y que hicieron expatriarse a varias nobles familias.