El Avaro
El Avaro (Al Comisario, señalando a Valerio). Encartadle como es debido, señor, y haced que los hechos tengan la mayor criminalidad.
VALERIO.— No veo qué crimen pueden imputarme por la pasión que siento hacia vuestra hija, ni tampoco comprendo a qué suplicio creéis que puedo ser condenado por nuestro compromiso cuando se sepa quién soy…
HARPAGÓN.— Me rÃo de todos vuestros cuentos, y el mundo está hoy lleno de estos ladrones de nobleza, de estos impostores que sacan provecho de su oscuridad y se revisten insolentemente con el primer nombre ilustre que se les ocurre adoptar.
VALERIO.— Sabed que poseo un corazón demasiado digno para adornarme con algo que no sea mÃo, y que todo Nápoles puede dar fe de mi alcurnia.
ANSELMO.— ¡Poco a poco! Tened cuidado con lo que vais a decir. Arriesgáis aquà más de lo que pensáis, y estáis hablando delante de un hombre que conoce a todo Nápoles, y a quien le será fácil discernir con claridad en la historia que contáis.
VALERIO.— (Cubriéndose altivamente). Soy hombre que no tiene nada que temer, y si conocéis a Nápoles, sabréis quién era don Tomás de Alburci.
ANSELMO.— Sin duda que lo sé, y pocas personas le han conocido mejor que yo.
HARPAGÓN.— Me tienen sin cuidado don Tomás o don MartÃn.