El Avaro
El Avaro CLEANTO.— No; mas estoy decidido a hacerlo, y os emplazo, una vez más, a que no aleguéis razones para disuadirme de ello.
ELISA.— ¿Soy, hermano, una persona tan rara?
CLEANTO.— No, hermana mÃa; mas no amáis. Desconocéis la dulce violencia que ejerce un tierno amor sobre nuestros corazones, y temo a vuestra cordura.
ELISA.— ¡Ah, hermano mÃo! No hablemos de mi cordura; no hay nadie que no la tenga, por lo menos, una vez en su vida; y si os abro mi corazón, quizá sea a vuestros ojos mucho menos cuerda que vos.
CLEANTO.— ¡Ah! Pluguiese al Cielo que vuestra alma, como la mÃa…
ELISA.— Terminemos antes vuestro negocio y decidme quién es la que amáis.