El Avaro
El Avaro CLEANTO.— ¡Ah, hermana mÃa! Es mayor de lo que pudiera creerse, ya que…, en fin, ¿cabe nada más cruel que ese riguroso ahorro que se realiza a costa nuestra, que esta extraña sequedad en que se nos hace languidecer? ¡Eh! ¿De qué nos servirá tener un caudal si no ha de llegar a nosotros hasta en la época en que no estemos ya en edad de gozar de él, y si hasta para mantenerme tengo ahora que entramparme por todos lados, si me veo obligado, lo mismo que vos, a recurrir diariamente a los mercaderes para poder llevar unas ropas decentes? En fin, he querido hablaros para que me ayudéis a sondear a mi padre sobre esos sentimientos que me embargan, y si le encuentro opuesto a ellos, he decidido marchar a otros lugares con esa amable persona a gozar de la suerte que el Cielo quiera ofrecernos. Y con tal propósito hago buscar por todas partes dinero a préstamo; y si vuestros negocios, hermana mÃa, son parecidos a los mÃos y ha de oponerse nuestro padre a nuestros deseos, le abandonaremos ambos sin dilación y nos libertaremos de esta tiranÃa en que nos tiene desde hace tanto tiempo su avaricia insoportable.
ELISA.— Verdad es que todos los dÃas nos da más y más motivos para deplorar la muerte de nuestra madre, y que…